Hay algo extraño en el pan artesanal. No entra en la lógica rápida del mundo moderno. No se produce… se espera. No se acelera… se acompaña. Y quizá por eso incomoda. Porque en un mundo donde todo se compra, el pan bien hecho parece recordarnos algo distinto: que hay cosas que no se venden… se reciben.
El tiempo como ingrediente olvidado
Todo debe ser más rápido, más eficiente, más inmediato.
Pero el pan —el verdadero— no responde a esa lógica.
La fermentación no obedece órdenes.
La masa no entiende de prisa.
El tiempo no es un enemigo… es un ingrediente.
Y aquí ocurre algo interesante:
cuando intentamos forzar el proceso, el pan pierde alma.
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