Descripción
En noviembre, mientras haya una mesa donde sentarnos, una vela encendida y alguien dispuesto a compartir una guagua de pan, quienes amamos nunca se van del todo.
Las manos de una abuela saben cuidar con ternura. Conocen nuestras mejillas desde que éramos pequeños y, con sus manos llenas de arrugas, pueden suavizar una masa de pan… pero también la vida. Muchos crecimos viendo esas manos teñir de púrpura la colada morada mientras la cocina se llenaba de aromas, conversaciones y recuerdos. Yo jugaba con la harina; ella, con una sola mirada, me educaba. Me enseñó a esperar a que madure la masa, a no abrir el horno antes de tiempo y a dibujarles una sonrisa a las guaguas de pan, porque a casa todos llegan contentos.
— A. Rivera, Chef





